viernes, 4 de febrero de 2011

Freud y su sombra, desmontando a Edipo.

Dice el principio de Parsimonia (la famosa navaja de Ockham) que, ante dos teorías o explicaciones de un hecho, debemos elegir la más sencilla. Como diría el propio William de Ockham: “Es vano hacer con mucho lo que puede hacerse con poco”. Siguiendo este sobrio principio, los físicos, por ejemplo, siempre han buscado la manera de simplificar sus teorías y ahora están intentando encontrar la gran teoría unificadora de todas las fuerzas.

Cuando estaba estudiando psicología, siempre me resultaron chocantes e incluso algo excéntricas las explicaciones que daba el psicoanálisis al origen de las neurosis. No concebía cómo un niño de 5 ó 6 años podría querer matar a su padre y acostarse con su madre. Tampoco, podía imaginarme a un niño de esa edad planeando el asesinato de su padre, ni tampoco deseando tener sexo con su madre, ¿tendría, incluso, alguna postura favorita?, ¿es un niño capaz de eso?. Me parecía absurdo y demencial, pero yo sólo era un estudiante y el psicoanálisis llevaba casi 100 años dominando la psicología en la mayor parte del mundo.

Ahora han pasado los años, he leído otros puntos de vista diferentes, he acompañado a muchos pacientes en sus terapias y también he profundizado y he trabajado conmigo mismo. Con el tiempo, he ido comprendiendo que, en realidad, hay una explicación mucho más sencilla para la mayoría (por no decir todos) los problemas psicológicos que la dada por los principios del psicoanálisis: podemos situar la génesis de los traumas emocionales de la vida adulta en los maltratos, abandonos, vejaciones (físicas y morales) y abusos sufridos en la infancia.

Esta forma de entender la salud emocional, parece muy alejada de los dictámenes del psicoanálisis, y sin embargo, parece ser que Freud también descubrió esta realidad hace más de 100 años. Si os parece, vamos a ver cómo la ocultó y elaboró una teoría alternativa (su teoría de los instintos) que, a modo de laberinto del Minotauro, ha servido para que la verdad permaneciera bien oculta durante más de un siglo. Afortunadamente, unas pocas voces surgieron en contra de ella a finales de s.XX . Las evidencias que han ido presentando en los últimos años estos estudiosos, están sirviendo, como el hilo de Ariadna, para sacar a la luz, nuevamente, la verdad ocultada por Freud. Es una verdad más dura y difícil de asumir, pero más sencilla y creíble.

Debe quedar claro que no creo que todos los problemas estén causados por abusos sexuales en la infancia, pero sí por algún tipo de violencia, visible o invisible, como diría Laura Gutman. Insultos, palizas, amenazas o abusos sexuales, pero también son maltratos los abandonos, desamparos y el “mirar para otro lado” que sufren los niños en innumerables ocasiones.

Para entender mejor lo que pasó, deberemos remontarnos a finales del s.XIX. Por aquel entonces, en 1896, Freud utilizaba sesiones de hipnosis como método para profundizar y acceder a recuerdos de la infancia, pero se encontraba con que todos sus pacientes relataban haber sido víctimas de maltratos y de abusos sexuales (más adelante entenderéis el “pero”). La mayoría de estos abusos eran cometidos por familiares cercanos, sobretodo, por los padres y, además, los síntomas de los pacientes estaban relacionados con los abusos aparecidos en las sesiones. Todo esto hizo que, incluso, Freud llegara hasta cuestionarse si la actitud de su padre con sus hermanos tendría que ver con los problemas que éstos tenían. Era una idea atrevida y rompedora para la sociedad de la época. La verdad estaba aflorando. Freud quiso compartir sus descubrimientos con sus amigos y colegas psiquiatras, pero en cuanto lo hizo, se encontró con el más absoluto de los vacíos. Presentó sus ideas en una conferencia ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena llevando bajo el brazo 18 casos de pacientes que habían sido víctimas de abusos sexuales en la infancia y que en su vida adulta presentaban distintos tipos de problemas. El rechazo fue absoluto, casi llegando al insulto. No recibió ningún tipo de apoyo, nadie le animó a continuar investigando. Todo fue silencio y marginación por parte de la comunidad científica.

Como breve paréntesis, quisiera comentaros que esa falta de interés también la sufrió Freud por parte de su amigo íntimo Wilhem Fliess, con quien compartía sus inquietudes y sus descubrimientos. Ni una palabra de ánimo, ningún tipo de apoyo recibió Freud de su otrora aliado, sólo desdeñoso silencio.

Resulta paradójico, pues, Robert Fliess, el hijo de Wilhmen, publicó varios libros años después con información sobre abusos sexuales cometidos dentro de la familia y, más adelante, acusaría a su padre de haberlos cometido con él mismo en su infancia. Cotejando las fechas, coincidiría con la época en que Freud estaba exponiendo sus ideas y Wilhem no le apoyó. No he podido encontrar más detalles de la historia, ni es el tema de la entrada, pero da que pensar, ¿no?. Se me ocurre que sería interesante conocer las historias de los miembros de la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena… y las de sus hijos.

Siguiendo con Freud os diré, que no pudo soportar por mucho tiempo la situación de vacío a la que le relegaron sus colegas. Continuar por esa línea habría significado para él, el final de su carrera, el aislamiento, y él deseaba y necesitaba ser reconocido. Buscaba ser famoso y lo consiguió, aunque veremos a qué precio.

Varios meses después, ya en 1897, la verdad descubierta fue enterrada y así permanecería durante casi todo un siglo. Freud cambió su punto de vista y lo que antes eran recuerdos de abusos sexuales pasaron a ser fantasías inventadas por los pacientes, debido a sus propios deseos inconscientes. Ya no había peligro para los padres, ya no podrían ser acusados de abusar de sus hijos o hijas. La culpa, ahora, era de los niños, que tienen deseos sexuales y agresivos. Los hijos quieren matar a su padre y acostarse con su madre (complejo de Edipo), y las niñas desean matar a su madre para acostarse con su padre (complejo de Electra).

Estas ideas casaban mejor con la visión que se tenía en la época victoriana de los niños. Se pensaba que eran poco más que animales salvajes que había que domesticar desde la más temprana infancia para poder inculcarles una “buena educación” basada en el acatamiento de las normas y el respeto u obediencia a los padres. Es muy ilustrativo leer los manuales educativos de la época, enseñan cómo cortar de raíz la espontaneidad y la creatividad de los niños para convertirlos en personas dóciles, dúctiles y obedientes. Por desgracia, todavía en pleno s.XXI, podemos escuchar conversaciones en los parques y en muchos programas de televisión que aún comparten esta visión negativa de los niños.

Freud, que era muy inteligente y tenía una vasta cultura, recurrió a Sófocles para ejemplificar su reciente transformación. En Edipo Rey, Sófocles narra cómo Edipo mata a su padre y se casa con su madre. Esta era exactamente la nueva idea que Freud quería difundir, lo que se conoce como su “teoría de los instintos”. Edipo se convirtió en uno de los pilares del psicoanálisis y marcó el desarrollo de la psicología del s.XX. No sé si fue consciente o inconscientemente (sospecho que esto último), pero el hecho es que Freud pasó por alto el principio de la historia de Edipo, donde Layo, su padre, le abandona para que muera y su madre, Yocasta, no hace nada para impedirlo. En esta entrada comento con más detalle la historia. Con estos nuevos datos, podemos entender mejor los hechos posteriores y no sería tan fácil acusar a Edipo de todos los males de la humanidad.

Para que tengamos todos los datos en la mano, conviene saber que, durante los últimos 16 años de su vida, Freud sufrió un cáncer en la boca que se le reprodujo varias veces, le obligó a someterse a infinitas operaciones, a llevar una prótesis que debía limpiar a diario y le hacía sufrir tremendos dolores. Al final de su vida, casi sin poder hablar, cuando los dolores eran insoportables, acordó con su hija y su médico que le administraran una fuerte dosis de morfina para acabar con los dolores para siempre. Cualquier oncólogo diría que el cáncer fue debido a su tremenda adicción al tabaco, de la que no pudo liberarse pese al autoanálisis que se practicó. A mí me gustaría ir un poco más allá y, desde un punto de vista más amplio, podríamos preguntarnos qué pasó, precisamente en la boca de Freud, para que surgiera ese cáncer tan tremendo. Sabiendo que el cuerpo enferma como respuesta a bloqueos emocionales y que los síntomas tienen mucho que decirnos sobre ese bloqueo, Alice Miller (“El saber proscrito”) se preguntaba si ese problema en la boca no podría estar relacionado con la verdad que Freud descubrió, pero que se obligó a callar durante el resto de su vida. Evidentemente, son meras elucubraciones. Nunca podremos conocer el motivo de su cáncer, ya que Freud nunca pudo hacer una verdadera terapia para profundizar en sus emociones y averiguar lo que su cuerpo le estaba diciendo. Todo lo que hizo fue puro análisis, huyendo de las emociones.

El tiempo pasó, la Psicología se fue desarrollando como disciplina y las ideas de Freud fueron calando entre psicólogos y psiquiatras. Más adelante, los conceptos psicoanalíticos entraron a formar parte del vocabulario popular. Todo el mundo habla del inconsciente, de la represión y Edipo es uno de los personajes más conocidos de la mitología griega gracias al psicoanálisis. Distintos seguidores de Freud hicieron sus aportaciones y sus pequeñas variaciones, pero los grandes pilares del paradigma siguieron inamovibles. También hubo encarnizados enfrentamientos entre partidarios de unas y otras corrientes psicoanalíticas, consiguiendo algunos avances, pero Freud seguía siendo el referente.

Personalmente, creo que debemos dejar ya atrás la época de las apasionadas batallas entre distintas facciones de psicoanalistas. En la actualidad, las nuevas generaciones tenemos más perspectiva para analizar los hechos. Hoy podemos entender que Freud y sus posteriores seguidores fueron víctimas de su época y de su educación. Por supuesto que sus intenciones eran honorables y estoy seguro de que pretendían ayudar a sus pacientes y al avance de la psicología, pero estaban tan atrapados por sus patrones (de obediencia, respeto a la autoridad, etc.) que no podían salir de su propio laberinto. Desde la distancia, intentando entender a Freud y a sus circunstancias, no puedo evitar sentir cierta pena por él, no por el psicoanalista, sino por la persona. Un hombre con unas enormes carencias emocionales que intentaba suplir con su formidable inteligencia. Le imagino al final de su vida, forzado al exilio en Inglaterra por el nazismo, en la soledad de su habitación, entre el humo del tabaco y el dolor casi insoportable del cáncer. Él, que defendía que los síntomas físicos eran producto de traumas del pasado, ¿se preguntaría alguna vez cómo, con su método analítico y racional, no fue capaz de entender y liberarse de sus propias enfermedades?, ¿cómo le haría sentir esto?.

Pero pasado el tiempo de las batallas y, también, de la pena, llega el momento de la renovación, de mano de los últimos avances científicos. A finales del siglo pasado, se empezó a descubrir la importancia que tienen el apego y los primeros vínculos (o la carencia de ellos) en el futuro desarrollo del cerebro y de la personalidad. Hoy se sabe que los bebés, si se les deja, son buenos, generosos, altruistas, nada egoístas y muy amorosos, pero también sabemos que cualquier tipo de violencia ejercida sobre los bebés o los niños tendrá un efecto catastrófico sobre su futuro. Aparecerán entonces patrones de agresividad, de represión y de autodestrucción, y el niño luminoso que fuimos al principio quedará enterrado bajo estos patrones.

Podemos entender, pues, la concepción que se tenía sobre la infancia a finales del s.XIX. Casi puedo comprender cómo un hombre tan inteligente como Freud no pudo liberarse de esos patrones y terminó acusando a los niños y exculpando a los padres. Pero ha llegado el momento de poner fin a esta peligrosa injusticia. Sé que esto no es fácil porque implica mirar hacia dentro, cuestionarse nuestro papel como padres y, sobretodo, entender cómo nos trataron en nuestra infancia, qué ideas nos inculcaron y qué cosas repetimos con nuestros hijos sin cuestionarnos si son buenas o malas para ellos. No obstante, sólo liberando a los niños y permitiéndoles crecer desarrollando sus cualidades naturales, podremos cambiar la inercia de violencia en la que estamos inmersos. No es de extrañar que uno de los últimos libros de Michel Odent se titule “La maternidad, el nacimiento y el futuro de la humanidad”.

Pequeños granitos de arena se van sumando a nivel mundial y, gracias a internet, nos encontramos, nos comunicamos y nos enriquecemos. Hace falta una auténtica revolución en la manera con la que esta sociedad trata a sus bebés y a sus niños. Nosotros nos alegramos de poder colaborar con nuestro granito. Esperamos que podamos conseguirlo entre todos y dejarle un mejor mundo a nuestros hijos o, tal vez, darles a ellos las herramientas para que ellos puedan hacer lo que nosotros no pudimos.

Texto: Ramón Soler

¿Existe relación entre la oxitocina sintética y la epidemia de autismo?

Según una reciente investigación, personas que padecen autismo o síndrome de Asperger de alto funcionamiento, tras inhalar oxitocina, mejoraron su conducta prosocial, es decir, que prestaron más atención a las señales sociales (la mirada, la expresión facial, etc.). El efecto duraba poco tiempo, pero durante estos minutos, alrededor de veinte, estos sujetos pudieron captar mejor las pistas sociales que normalmente pasan desapercibidas para los autistas. Entre las respuestas individuales, hubo variación, y también debemos señalar que sólo estudiaron a autistas de alto rendimiento, aunque más del 80% de los autistas presentan también retraso mental. De todas formas, a pesar de las limitaciones del experimento, parece que se ha abierto una importante vía para futuras investigaciones.

Desde hace tiempo se había comprobado que en los niños y adultos con autismo, el nivel de oxitocina es más bajo de lo normal. Lo que intentan varias líneas abiertas de investigación es aumentar este nivel de oxitocina para mejorar la percepción y la respuesta social de estas personas.

La oxitocina es conocida como la “hormona del amor”, ya que tiene un papel importante en el fortalecimiento de los vínculos afectivos. La producimos cuando nos acariciamos, nos besamos y, también, en el orgasmo. Además, y no de menor importancia, tiene un papel primordial en el nacimiento y la lactancia.

El pico más alto de oxitocina que puede conseguir un ser humano, lo produce la mujer en la hora siguiente al parto (en un parto natural), coincidiendo con el momento en el que se produce el “enamoramiento” con su bebé. Los hombres no llegamos jamás a esos niveles de oxitocina. Además, no debemos olvidar que cada vez que el bebé mama se produce una subida de oxitocina que fortalece el vínculo amoroso entre la madre y su bebé.

A nivel físico, la oxitocina es básica en el parto, ya que provoca las contracciones uterinas, ayuda a la expulsión de la placenta, reduce la pérdida de sangre y, además, también estimula la producción de leche.

La diferencia entre la oxitocina artificial (que se administra para provocar artificialmente las contracciones en los partos medicalizados) y la oxitocina producida por el propio cuerpo, no radica en su composición química, sino en su efecto sobre el cerebro. La oxitocina natural, se produce en el hipotálamo, se almacena en la hipófisis y, desde allí, se lanza al torrente sanguíneo. La artificial entra directamente al torrente sanguíneo, pero no puede atravesar la barrera hematoencefálica (barrera que aísla y protege al cerebro del resto del cuerpo). Por lo tanto, la oxitocina administrada artificialmente provoca las contracciones del útero (más frecuentes y dolorosas), pero como no llega al cerebro, nos quedamos sin el “enamoramiento” natural. Además, otro efecto del suero de oxitocina es que inhibe la producción de oxitocina del propio cuerpo y que en grandes dosis, desensibiliza los receptores de oxitocina, por lo que no se produce el “enamoramiento” y la instauración de la lactancia resulta más complicada.

De todas formas, no quiero ser alarmista y me gustaría destacar que la lactancia (la natural, la humana) puede compensar la falta de oxitocina natural de algunos partos difíciles o de la cesárea. Ya hemos visto que cada vez que el bebé estimula el pecho de la madre, hay una subida de oxitocina.

¿Y qué pasa entonces cuando tenemos un parto provocado con oxitocina artificial o una cesárea y, además, sustituimos la lactancia materna por el biberón?, ¿qué pasa si ni la madre ni el bebé tienen la oportunidad de vincularse de esa manera tan brutal?, ¿qué efectos tendrá la ausencia de la hormona que favorece la capacidad de amar?

En las últimas décadas estamos asistiendo a un aumento considerable de los casos de autismo; hay quien habla de epidemia. También, desde hace varias décadas, asistimos a una mayor medicalización del parto, una pérdida del papel de la matrona y un aumento de la leche artificial, en detrimento de la lactancia materna. Atando cabos, alguien podría pensar que se debería investigar si hay alguna relación entre la forma de nacer y el autismo.

En 1991, la psiquiatra japonesa Ryoko Hattori evaluó los riesgos de padecer autismo según el lugar de nacimiento. Los niños nacidos en un determinado hospital japonés tenían más probabilidad de ser autistas que la media. En ese hospital se inducía el parto de forma rutinaria una semana antes de la fecha prevista. Utilizaban distintos tipos de sedantes, analgésicos y oxitocina para provocar las contracciones.

Otro dato que da qué pensar sobre la “hormona del apego” es que los niños prematuros tienen más probabilidad (casi el doble) de desarrollar autismo. Tengamos en cuenta que suelen nacer tras partos difíciles con mucho estrés, pasan semanas en la incubadora y muy raramente son alimentados por sus madres. Por desgracia para ellos, en España, aún pocos pediatras y neonatólogos conocen los beneficios del Método Canguro y, de los que lo conocen, pocos lo ponen en práctica en los hospitales donde trabajan. Tras el efecto anti-oxitocina (o anti-apego) de la incubadora, es muy difícil recuperar la lactancia materna, que podría contrarrestar los efectos negativos de esa llegada al mundo tan complicada.

Más detalles sobre los que pensar: niños que han sufrido abandono al nacer o en los primeros meses de vida tienen niveles más bajos de oxitocina y presentan síntomas que apenas se pueden diferenciar de los autistas. Seguro que todos tenemos en mente las imágenes de los orfanatos de China, Rumanía, etc.

Son experimentos sueltos y alguien muy puntilloso podría decir que no son concluyentes, siempre hay quien prefiere mantener sus esquemas y no cambiar nada de su manera de trabajar con las mujeres y los bebés, aunque la evidencia científica demuestre lo contrario. El experimento irrefutable, aunque evidentemente irrealizable, consistiría en coger dos grupos de mujeres embarazadas, a uno de ellos se le induce el parto con oxitocina y se interrumpe la lactancia materna, como se hace en muchos hospitales. El otro grupo sería el grupo de control, se les dejaría tener un parto natural sin intervenciones innecesarias y se respeta la lactancia materna. Al cabo de unos años, se observa cuántos niños autistas hay en cada grupo y sacamos conclusiones.

Sin llegar a los extremos anteriores, hay más formas de hacer ciencia. Podemos observar las estadísticas que muchos expertos están recogiendo en todos los rincones del mundo, podemos establecer correlaciones entre distintas variables (tipo de nacimiento, uso de la oxitocina, tasa de autismo…). En el caso del autismo, también parece que hay un factor genético que puede predisponer al desarrollo de estas alteraciones, pero los factores medioambientales en el embarazo, el nacimiento y los primeros meses de vida tienen una importancia fundamental.

Hay muchos más estudios que apoyan la relación entre la manera de nacer y la mayor o menor alteración de la capacidad de amar. Podéis consultar la base de datos sobre la salud primal que organiza Michel Odent con el objetivo de estudiar, desde distintos campos, el efecto del nacimiento sobre en el resto de la vida. http://www.primalhealthresearch.com/search.php Se puede hacer una búsqueda por palabras para encontrar todos los estudios relacionados.

En el futuro, las investigaciones y el trabajo debería enfocarse en dos campos distintos. Por un lado, los niños y adultos con autismo podrían beneficiarse de los estudios sobre la oxitocina, pero a largo plazo, el cambio importante debería producirse en la manera de nacer de nuestros hijos, dejando que actúen los millones de años de evolución humana, permitiendo que el maravilloso cóctel de hormonas naturales haga su trabajo y dejando que madre y bebé se vinculen de forma natural.

Texto: Ramón Soler

Piedras

En el principio de los tiempos, el espíritu de Gaia decidió dedicarse a pasear por la Tierra para poder contemplar y conversar con todos los nuevos seres creados por la naturaleza.

Ella era feliz así, observando las innumerables dádivas que les habían sido concedidas a los habitantes de aquel pequeño planeta.

Sin embargo, no todos los pobladores de aquellos lares agradecían lo que les había sido otorgado.

En uno de sus vagabundeos, Gaia se topó con un niño humano desagradable y dañino cuya única ocupación consistía en destrozar todo lo que a su paso hallaba .

Tal era su afán por devastar, que hasta a las humildes piedrecillas del camino odiaba y maltrataba.

El espíritu de Gaia, indignado, se acercó al joven y le indicó que debía respetar a todos los seres de la naturaleza, incluidas las piedras, pues todos ellos eran dones que habían sido ofrecidos a los humanos para ayudarlos en su camino hacia la perfección.

El chiquillo, se burló con grosería de Gaia y, le espetó con amargura, que nada le debía a la naturaleza y que seguiría destruyendo lo que quisiera, cuando quisiera y donde quisiera.

Entonces, el espíritu de Gaia, muy enfadado por la actitud ingrata del chico, murmuró unas palabras inaudibles para el oído humano y transformó al niño en una enorme roca gris.

Durante siglos, el pequeño vivió enfadado y maldiciendo su suerte. Lo único que podía hacer para gastar su tiempo era mirar el paisaje y observar a todos los seres que le rodeaban.

Mientras esto sucedía, su naturaleza mineral se iba desgastando por el paso del tiempo y la erosión del viento y del agua.

Al cabo de varios milenios, el ya anciano, se aburrió de quejarse continuamente y se dedicó a disfrutar de su condición de piedra.

Desde su quietud, pudo contemplar como el bosque se transformaba en desierto, y como el desierto en playa y como, de la gran roca gris que era en un principio, sólo quedaba un pequeño granito de arena, una motita de tierra, que al morir disuelta por el agua del mar, se transformó feliz en polvo de estrella.

Autor: Elena Mayorga
Título: Piedras
Obra: Cuentos y poemas para la Reflexión

Honremos a la Madre Tierra.

De la leche del pecho de Hera,

nació la Vía Láctea.

De la leche de nuestra Madre Tierra,

nacieron animales, mares, montañas y plantas.

De la leche de la Madre Humana,

Hija de Hera, Hija de la Tierra,

nacen amor, naturaleza, vida y esperanza.

La leche de Hera iluminó las noches de la Humanidad.

La leche de la Madre Tierra nutre el presente de los Hombres.

La leche de la Madre Humana alumbrará el futuro de la especie.

La leche de la Madre Humana guiará el futuro de la Madre Tierra.

La leche de la Madre Humana honrará a la anciana Vía Láctea.

Leche de Hera, Madre Tierra y Madre Humana.

Honremos a las Madres,

Honremos a la Vida.

Autor: Elena Mayorga Toledano
Título: Honremos a la Madre Tierra
Obra: Vida y Naturaleza

El puerperio, una oportunidad para iluminar tu sombra.

Inicio esta entrada, principalmente, pensando en mujeres que tienen hijos de hasta unos dos años, las que siguen con lactancia materna prolongada, las que han tenido un bebé recientemente o las que estén pensando en tener uno. También me encantaría que la leyeran las parejas o maridos para que intenten ponerse en su lugar y entender las reacciones y las necesidades de la mujer en una época tan importante para ellas (también para el bebé, obviamente, pero hoy me centraré más en la madre).

No sé si os resultará familiar la siguiente situación: en la tranquilidad de la noche, tu bebé se agita, gira su cabeza olfateando y buscando el pecho. Toma un poco de leche y se duerme de nuevo. Quizás tú no te duermes inmediatamente, aunque tampoco estás totalmente despierta, se podría decir que te encuentras en un estado intermedio. Tu mente se pasea por situaciones o pensamientos del día anterior. Notas una lucidez especial, puedes captar con mucha claridad detalles sobre la gente, sus actitudes y sus intenciones. Recuerdas alguna frase que te ha dicho tu padre o tu madre. No sabes por qué, pero no se te va de la cabeza, como el picor de un picotazo de mosquito que vuelve una y otra vez.

En la oscuridad de tu habitación, mientras tu bebé y tu pareja duermen, tú sigues dándole vueltas a eso que te ha dicho tu madre y te ha hecho sentir un escalofrío desagradable, aunque no has dicho nada. Ha podido ser un reproche o una recriminación sobre la manera de cuidar a tu bebé y te ha hecho sentir un pellizco en el estómago. Ahora, ya de noche, te das cuenta de que no es la primera vez que sientes eso. Recuerdas alguna discusión con tu pareja o con una pareja anterior, y también te vienen escenas de la adolescencia. Te van llegando sucesivamente y sin estar haciendo ningún esfuerzo por recordar, simplemente se presentan. Algo deben tener en común para que acudan en una sucesión tan vertiginosa… el reproche, el pellizco del estómago, el quedarte callada. Todo se repite en las distintas escenas.

De pronto, desde lo más profundo, te viene un recuerdo mucho más antiguo. Algo de lo que no te acordabas, pero que aflora en esos momentos. Siendo muy pequeña, ya se te encogía el estómago cuando tu madre te gritaba o te pegaba cuando algo se te caía al suelo sin querer, quizás la escuchas decir “qué torpe eres” y, más adelante, “no serás nada en la vida, mira cómo lo hago yo”. No decías nada. Por otro lado, es tu madre y te dice que te quiere, pero algo no encaja en ti y te quedas con ese pellizco. No puedes explicarte, no puedes defenderte.

En ese estado especial de conciencia, tu mente va saltando del presente al pasado y viceversa. Te das cuenta de actitudes que has ido repitiendo a lo largo de tu vida, cosas que no te gustaban, pero que pensabas que formaban parte de ti. Ahora ves que quizás no es la genética la que te ha hecho así, sino que era una manera de reaccionar ante una situación que no podías manejar y que ese patrón de conducta se ha quedado grabado en tu interior.

Como diría Laura Gutman, has tenido un “encuentro con tu propia sombra”. Has podido entrar en ese cuarto oscuro y sacar una parte tuya que habías relegado allí cuando eras muy pequeña.

El puerperio es una maravillosa oportunidad para abrir esa puerta al inconsciente, asomarte dentro y acceder a partes de nuestra sombra que se escindieron cuando no podíamos entender ni asumir la situación que estábamos viviendo.

Cuando éramos niñas y ahora de adultas, para poder sobrevivir, nos quedamos solamente con la imagen idílica de la madre que nos dice que me quiere, que me prepara la comida y que me ayuda a vestirme, y mando a la sombra la parte oscura de ella, la que no me entiende ni sabe cómo me siento, la que fuerza a que me comporte como una adulta cuando soy niña, que me comporte como una niña cuando soy adulta, la que proyecta sobre mí sus propias frustraciones no resueltas. Al hacer esto, borramos el acceso directo a esos recuerdos (aunque los recuerdos no se olvidan), pero la lucha interior y los patrones de comportamiento siguen presentes en nuestra vida adulta.

Llegado a este punto, y en tu estado de lucidez puerperal, tienes dos opciones.

Puedes dormirte y despertar al día siguiente con la sensación de haber tenido una intuición importante, pero que se ha ido, como pasa cuando sabes que has soñado algo y no lo recuerdas.

Si lo dejas pasar, ese patrón de conducta seguirá presente y continuarás reaccionando igual que la niña ante determinadas situaciones.

O bien, puedes seguir la segunda opción, aprovechar ese estado especial del puerperio en el que te hallas y prestar atención a esos encuentros con tu sombra. Hay algo en tu interior que sabe que esos patrones te hacen daño, que no quieres seguir repitiendo los mismos esquemas que la niña tuvo que adoptar.

Si quieres realmente convertirte en una mujer adulta e independiente, en madre libre y plenamente consciente, en contacto directo con tu intuición, ÉSTE es el momento.

Retornemos a la escena de la cama.

Si escogiste la segunda opción, cuando se den estas situaciones de claridad mental, podrás conectar con esa niña, acompañarla, escuchar lo que realmente siente con respecto a la actitud de su madre. Podrás dejar que se exprese, que libere ese pellizco que tiene en el estómago y le diga a su madre (a tu madre) lo que piensa de verdad.

Si haces esto con convicción y valentía, podrás empezar a cambiar también actitudes y respuestas de tu presente. Cada vez que te enfrentes a situaciones que antes te afectaban, recordarás a la niña liberada y reaccionarás de forma diferente. No vas a dejar que el pasado siga afectándote. Ya no eres hija, ahora eres madre.

El embarazo y los primeros dos años con tu hijo/a constituyen un momento único, no lo desaproveches. Busca ayuda si la necesitas y sientes que no lo puedes hacer por ti misma. Todas esas intuiciones y recuerdos que te vienen en el puerperio son mensajes de tu inconsciente que está pidiendo que cambies ciertas actitudes en tu vida.

Con sana envidia por tu condición de mujer y puérpera, te digo: ánimo y ADELANTE !!!.

Texto: Ramón Soler

jueves, 3 de febrero de 2011

El espejo

La voz me dijo que contemplara la imagen que me devolvía el espejo.

Dirigí la mirada hacia donde me pedía y examiné el yo de mi reflejo.

Aquella persona a la que miraba era yo, tenía mis mismos ojos cansados, un óvalo similar, una nariz aguileña idéntica a la mía, las mismas arruguillas alrededor de los ojos… Era exactamente igual a mi.

Y sin embargo, al cabo de unos minutos empecé a darme cuenta de que en realidad no éramos tan similares. Ella parecía más serena que yo, más sabia, menos preocupada por nuestros problemas.

Así se lo dije a la voz.

Entonces, ella me indicó que había llegado el momento de conocer al yo de mi reflejo.

Con su ayuda, atravesé el espejo y me sumergí en aquel mundo ignoto.
Allí, volví a mi pasado, recordé las causas de mis sufrimientos y me enfrenté a ellos.
Aprendí a comprenderme, a perdonarme.
Viajé, trabajé y luché … mas nunca sentí temor pues siempre iba acompañada por la persona que estaba detrás de la voz.

Caminé por muchos senderos y veredas y, tras mucho andar y mucho recorrer, bajo una montaña dura y pesada como el hierro, me topé con mis anhelos y mis sueños.

En aquel momento comprendí que hacía mucho tiempo que los había apartado de mi vida y pensé que estaba preparada para recuperarlos.

Así se lo dije a aquella persona que me había guiado a través de mis secretos.

Entonces ella me indicó que ya lo había hecho puesto que mi yo ya se había unido al yo de mi reflejo.

Autor: Elena Mayorga
Título: El Espejo
Obra: Cuentos y poemas para la Reflexión

sábado, 16 de octubre de 2010

El perdón nunca ha curado a nadie.

La madre de Alicia no tenía con quien dejarla cuando se iba por las tardes a casa de su amiga a tomar café y a chismorrear. “Tendrás que venirte conmigo”, le decía. Ella tenía preferencia por la hija mayor, era más simpática, más obediente y sacaba mejores notas. Alicia era más como el padre, más arisca y protestona (aunque alguien diría que con más personalidad). La madre hubiera preferido que se quedara con el padre y poder ir tranquila a casa de su amiga, pero él pasaba todo el día fuera, trabajando; además, cuando llegaba a casa por la noche, no castigaba a la pequeña por todas las trastadas que había hecho durante el día. Todo lo tenía que hacer ella.

Menos mal que cuando iban a casa de su amiga, la mayoría de las veces, el marido de ésta se quedaba jugando con la pequeña en el otro cuarto y no las molestaban mucho. Y si se oía ruido, pues cerraban la puerta para que no se escuchara.

A Alicia, de 8 años, se le tensaban todos los músculos del cuerpo cuando tenía que ir a la casa de la amiga de su madre. Si no estaba aquel hombre, pasaba toda la tarde tranquila, sin mayores sobresaltos, jugando sola e inventando historias con las muñecas que encontraba por ahí. Estaba acostumbrada a estar sola y tenía mucha imaginación.

Lo que le hacía sentir un nudo en el estómago y apretar con fuerzas las rodillas era llegar a aquella casa y verle abrir la puerta. En ese instante, comprendía que tendría que pasar toda la tarde con él. No le gustaban sus juegos, le hacía daño. Sabía que era algo que no estaba bien, pero él la amenazaba para que no se lo dijera a nadie. Y lo que más la aterraba, era que no tenía a nadie a quien decírselo, su madre era la que cerraba la puerta si hacían ruido e interrumpía la interesante conversación que estaba manteniendo con su amiga.

La niña pensaba que si se le ocurriera decir algo, seguro que no le harían caso y acabaría, una vez más, siendo regañada por su madre, y, volvería a notar SU desprecio y SU rechazo. De hecho, peor que los abusos en sí, eran las sensaciones de soledad y de abandono. Alguna vez, incluso, llegó a pensar que su madre sabía lo que pasaba, pero que prefería hacer oídos sordos y seguir con su amiga.

Así aguantó hasta los 12 años, cuando pudo apoyarse en excusas para irse a casa de alguna amiga o quedarse sola en casa, lo que fuera por no volver a aquella casa.

A los 23 años, Alicia empezó a tener unas fuertes crisis de ansiedad sin motivo aparente. Su madre la llevó al mejor psiquiatra de la provincia para que le diera algo. Cuando éste comenzó a preguntarle por sus síntomas y por su situación actual, la madre empezó a quejarse de la niña, le reprochaba que era una arisca, que no era cariñosa con ella. La conversación se fue desviando del tema inicial y el psiquiatra le preguntaba a la joven cómo era capaz de ser así, con lo que su madre se preocupaba por ella. Alicia intentaba defenderse, pero eran dos contra una. Entonces, el psiquiatra le pidió que le diese un abrazo a su madre allí mismo, que no esperase más y perdonase ya a su madre que todo lo hacía por su bien. Le dijo que se sentiría liberada si dejaba fuera tanto odio. Cada negativa de Alicia reforzaba todavía más la postura de su madre: “¿ve lo que le digo?, pues así ha sido desde siempre, una niña insoportable, todo lo contrario que su hermana”.

Al final, pudo encontrar fuerzas en su interior para levantarse y salir de la consulta dando un portazo. Años más tarde, esa misma fuerza la llevó a encontrar una terapia donde pudo, por fin, liberarse de sus bloqueos del pasado y del efecto que aún tenían en su presente.

La mayoría de los psiquiatras y psicólogos buscan que sus pacientes lleguen a perdonar a sus padres, pero eso sólo contribuye a negar la realidad. El síntoma (enfermedad física o mental) persistirá hasta que el paciente logre sacar de la oscuridad y poner encima de la mesa la realidad tal y como fue, sin engaños.

Debido la influencia del pensamiento religioso, tendemos a creer que el perdón significa olvidar el pasado para volver a empezar de cero. Por desgracia, para la salud mental hay pocas cosas más destructivas que esta falsa manera de cerrar los problemas. El perdón concebido de esta manera, es un perdón muy barato para quien es perdonado, pero tiene un alto precio para quien perdona. Parece que sólo con pedir perdón, ya está hecho todo el trabajo y todos los pecados nos son perdonados. Suena muy bien, pero es un arma de doble filo ya que, si queremos que nos perdonen, nosotros también deberemos perdonar, de igual manera, todos los daños sufridos.

Si volvemos al núcleo de la familia, esto significa que debemos perdonar a nuestros padres todo lo que nos hayan hecho, tal y como le decía el psiquiatra a Alicia, nuestra protagonista. Inconscientemente, está implícito que si nosotros tuvimos que perdonar a nuestros padres, nuestros hijos están obligados a perdonarnos.

Por otro lado, también se nos ha inculcado desde muy pequeños una cierta obligación moral de perdonar. Parece que si perdonamos somos buenos y si no lo hacemos, somos malos. No está permitido no perdonar. Surge, entonces, un sentimiento de culpa sólo con pensar en la posibilidad de no perdonar; por no mencionar la presión social para que lo hagamos. Esa culpa o, mejor dicho, el miedo a esa culpa, va a hacer que, una vez llegados a la adultez, nos sintamos obligados a perdonar (en el sentido religioso de “borrón y cuenta nueva”) cualquier ofensa, en detrimento de nuestra salud mental. Podemos ver un ejemplo de cómo se instaura este patrón si vamos a cualquier parque infantil. Seguro que no tardaremos mucho en ver la siguiente escena: niño A está jugando tranquilamente con un juguete y niño B se lo quita. Niño A se enfada, reclama a niño B que se lo devuelva. Los dos se enzarzan y se pegan. Los padres o los cuidadores les obligan a separarse y a que se pidan perdón agregando algo como “¡Me da igual lo que haya pasado!, ¡Que le pidas perdón, he dicho!”. El mensaje que le llega al niño es que sus emociones no cuentan y deben ser reprimidas, pero también que debe perdonar si quiere ser aceptado por sus padres y por la comunidad.

Liberarnos del estigma del perdón para dejar libres a nuestros hijos es un trabajo que muy poquitos se atreven a hacer. Aún hoy en día, en el que la religión ha ido perdiendo peso en nuestra sociedad, muchos terapeutas siguen enganchados a esta idea del perdón, no se han liberado ellos mismos y, lógicamente, tampoco ayudarán a liberarse a sus pacientes pues esto iría contra todas sus creencias y pondría en cuestión su labor como terapeuta.

Nuestra parte adulta, la racional, intenta engañarse de esta manera con la ayuda de perdón y todo lo que hemos visto que conlleva. Sin embargo, no podemos engañar a nuestro interior, y los efectos emocionales de los daños que nos produjeron los abandonos primarios de nuestros padres seguirán presentes en nuestras vidas. Nuestro cuerpo, con el fin de que nos paremos a recapacitar sobre las actitudes que seguimos repitiendo, seguirá bloqueado y cuando nos volvamos a enfrentar a situaciones que nos hagan revivir los maltratos, abusos o abandonos sufridos en la infancia, volveremos a enfermar, incluso, con mayor intensidad que antes.

Querer forzar la reconciliación o el perdón, si no se ha liberado el conflicto emocional, sólo provoca que nuestro cuerpo nos recuerde lo inadecuado que es perdonar porque sí. El síntoma es el grito desesperado del cuerpo para decirnos lo que está pasando. De nosotros depende escucharlo para liberarnos. Unos lo logran con la ayuda de sus terapeutas, algunos, a pesar de estos, y otros, por desgracia, no lo consiguen y continúan enfermos sin saber que la oportunidad de liberarse reside en su interior.

Decía Alice Miller que el perdón nunca ha curado a nadie. Los pacientes pasan de terapia en terapia sin encontrar la ayuda que necesitan. Da igual que sea psicoanálisis, cognitivo-conductual, medicación psiquiátrica, grito primal o constelaciones familiares; el consejo que siempre aparece en algún momento es “¿no ves lo mal que lo pasan tus padres?, ¿no te parece que ya es hora de perdonar y dejar atrás tanto rencor?”. Frases así ponen al terapeuta del lado de los padres y dejan al niño/a abandonado de nuevo. El dolor, la rabia y todas las emociones que el niño no pudo expresar siguen ahí. No desaparecen con el perdón, sólo se proyectarán sobre otros o sobre uno mismo. Ante este panorama, ¿qué salida nos queda?. Alguien podría decirme: “Vale, ya sé que el perdón no cura, pero entonces me quedo con la rabia o la proyecto sobre otros. ¿Qué se puede hacer entonces?”.

Desde la Terapia Regresiva Reconstructiva, lo que debemos hacer es sentir lo que sintió la niña/o, entender lo que tuvo que hacer para sobrevivir, ponernos de su lado. Quizás debamos poner palabras a lo que pasó y no pudo ser nombrado en su momento por miedo a las consecuencias.

Mi idea del perdón no es la condonación de todo lo que nos hicieron en la infancia. Por supuesto, siempre cabe la posibilidad de hablar con nuestros padres de tú a tú, explicándoles cómo nos afectó todo lo que nos hicieron. Quizás se den cuenta y se arrepientan de corazón. Todos podemos evolucionar y ellos ya no son las mismas personas que cuando éramos pequeños. Tal vez, en esta situación, nuestra relación con ellos pueda cambiar, pero... seamos realistas, esto es prácticamente imposible si ellos mismos no hacen su propia terapia para liberarse de sus propios patrones. Lo normal es que ni siquiera entiendan lo que escuchan y sigan tratándonos como lo han hecho siempre, como personas inferiores que les debemos respeto y que somos unos desagradecidos si osamos reprocharles cualquier cosa.

Yo entiendo el perdón como un proceso de liberación personal, independientemente de si los padres cambian o no cambian. Debemos romper con los aferramientos que nos atan al pasado y darnos cuenta de que ya no necesitamos que nuestros padres nos controlen o nos den su bendición. Ahora somos nosotros los que podemos tomar las riendas de nuestra vida.

La verdadera liberación se produce cuando somos capaces de desbloquear al niño y podemos tener la autoestima suficiente en el presente para defendernos y no dejar que se repitan las situaciones del pasado, ni con mi jefe, ni con mi pareja y, por supuesto, ni con mis padres. El perdón no significa que tengamos que volver a ver o a hablar con aquellos que nos han hecho daño en el pasado. Incluso podemos decidir no verlos nunca más.

De ser necesario algún tipo de perdón, éste debería ir dirigido hacia nosotros mismos, hacia el niño que no podía hacer otra cosa salvo sobrevivir ante la situación que le tocó vivir. Ese niño es el único inocente de esta historia.

En otro momento será interesante profundizar en las causas que mueven a psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, etc. a forzar siempre a olvidar y perdonar, sin ser conscientes de lo inútil y peligroso que es. Ya esbocé algunos motivos un poco más arriba, pero quizás sea necesario ahondar en el tema.